MITOS Y REALIDADES DE LA CIENCIA

Cuando la ciencia justifica desigualdades: el sesgo masculino del cerebro

Por años nos dijeron que las diferencias entre hombres y mujeres estaban escritas en el cerebro. Que no había mucho que discutir: la biología hablaba y la sociedad obedecía. Bajo esa lógica, la desigualdad dejaba de ser un problema político, educativo o cultural para convertirse en un hecho “natural”. Incuestionable. Científico. Conveniente.

La neurocientífica Lu Ciccia ha puesto el dedo en una herida incómoda: el androcentrismo en las neurociencias. No como una anécdota del pasado, sino como un sesgo persistente. Durante décadas, el cerebro masculino fue el patrón de referencia y el femenino, una variación explicada desde la carencia, la emocionalidad o la inestabilidad hormonal.

Así, diferencias mínimas se inflaron hasta convertirse en dogmas: ellos racionales, ellas emocionales; ellos aptos para el liderazgo, ellas para el cuidado. Poco importó que el cerebro sea uno de los órganos más plásticos del cuerpo humano, moldeado por la experiencia, la educación, el estrés, la desigualdad y el poder. La cultura quedó fuera del escáner.

Cuando estas ideas son cuestionadas, la reacción suele ser defensiva: se acusa de “politizar” la ciencia. Pero conviene preguntarse algo más incómodo aún: ¿no fue profundamente política la ciencia que durante años naturalizó estereotipos de género sin someterlos a crítica?

Revisar el androcentrismo en las neurociencias no es atacar a la ciencia. Es exigirle coherencia. Porque una ciencia que se niega a reconocer sus sesgos deja de explicar la realidad y empieza —con bata blanca— a justificarla.

Dulce María Arias Ataide