En Morelos, hablar de reforestación es hablar de esperanza. Cada temporada de lluvias vemos —y muchas veces participamos— en campañas para plantar árboles en ciudades, carreteras y comunidades. Sin embargo, no toda plantación equivale a restauración ecológica.
Reforestar implica sembrar árboles para recuperar cobertura vegetal o mejorar el paisaje. Restaurar ecológicamente significa algo más profundo: recuperar la estructura y el funcionamiento original de los ecosistemas, desde el suelo hasta la biodiversidad que los habita.
Nuestro estado posee ecosistemas como la selva baja caducifolia de la Sierra de Huautla y los bosques del Corredor Biológico Chichinautzin. En estos territorios no basta con plantar especies de rápido crecimiento, árboles exóticos o millones de individuos sin planificación. Es indispensable utilizar especies nativas, representar la diversidad y abundancia vegetal propias del sitio, evaluar el grado de degradación del suelo y permitir, siempre que sea posible, la regeneración natural.
En ciudades como Cuernavaca y Cuautla, la forestación urbana debe planearse con criterios técnicos: especies adecuadas al clima, raíces compatibles con la infraestructura y diversidad que favorezca aves y polinizadores. Un arbolado urbano bien diseñado puede reducir el efecto de isla de calor, mejorar la calidad del aire y fortalecer el tejido social.
Morelos necesita más árboles, sí. Pero, sobre todo, necesita ecosistemas funcionales y resilientes que conserven la biodiversidad, el agua y los suelos, y que sostengan la vida de las comunidades que habitan estas regiones. No se trata de sembrar para la fotografía, sino de restaurar para garantizar la viabilidad ecológica y evolutiva de nuestro patrimonio natural.
Sembrar es el inicio. Restaurar es el verdadero compromiso.
Dulce María Arias



