Por Eusebio Gimeno

Mictlán, el reino de los muertos
LOS MUERTOS NO LLEGABAN EN NOVIEMBRE
Cuernavaca,Mor octubre 28.- En Ocotepec, un antiguo pueblo de Cuernavaca, las puertas de las casas comienzan a abrirse para recibir a quienes ya se fueron.
El aroma del copal invade las habitaciones. Las veladoras iluminan los altares. El cempasúchil marca el camino y las familias preparan los alimentos que tanto gustaban a sus difuntos.
Especialmente conmovedoras son las llamadas ofrendas nuevas, dedicadas a quienes murieron durante el último año.
Pero detrás de esta hermosa tradición existe una historia fascinante, que se remonta a muchos siglos antes de la llegada de los españoles.
Porque nuestros antepasados indígenas también celebraban a sus muertos.
¡Pero no en noviembre!
Los antiguos mexicas tenían dos grandes celebraciones vinculadas con los difuntos: el Miccailhuitontli, relacionado con los muertos pequeños, y el Huey Miccailhuitl, la gran fiesta de los muertos.
Estas ceremonias se desarrollaban en otras fechas, principalmente durante los meses que hoy conocemos como julio y agosto.
Para los antiguos mexicanos, morir no significaba desaparecer.
La muerte era el comienzo de un largo viaje.
En la cosmovisión mexica existía un lugar misterioso llamado Mictlán, el reino de los muertos, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, el señor y la señora de la muerte.
Allí llegaban quienes habían fallecido por causas naturales.
Pero alcanzar su destino no era sencillo.
El espíritu debía recorrer nueve regiones del inframundo, atravesar montañas que chocaban entre sí, resistir vientos cortantes y cruzar un río con la ayuda de un perro.
Era una travesía que, según la tradición, duraba cuatro años.
El Mictlán no era exactamente el infierno cristiano. Tampoco un paraíso.
Era el destino final de muchos de los muertos.
Con la conquista española llegaron nuevas creencias y un calendario religioso diferente.
La Iglesia católica celebraba el primero de noviembre a Todos los Santos y el día dos a los Fieles Difuntos.
Con el paso de los siglos, las antiguas costumbres indígenas y las celebraciones cristianas terminaron entrelazándose.
Así nació, gradualmente, buena parte de la tradición que hoy conocemos.
Y aquí, en Morelos, Ocotepec conserva una de sus expresiones más conmovedoras.
Porque cuando las familias encienden las veladoras, preparan las ofrendas y reciben a sus visitantes, también están conservando una antigua forma de entender la vida y la muerte.
Una creencia que ha sobrevivido a imperios, conquistas, guerras y revoluciones.
Y que nos deja una reflexión profundamente humana:
Los muertos solamente desaparecen cuando los vivos dejan de recordarlos.
Mientras exista alguien que pronuncie su nombre, encienda una vela o coloque una flor sobre su tumba, permanecerán entre nosotros. (Y VOY POR MÁS)… eusebiogimeno@gmail.com
Columna de Hierro.



